Gritos en la posverdad

Queda claro a estas alturas que los que gritan son pocos, pero ruidosos, aunque muchos, pensando que aquellos gritos eran de todos, se unieron al coro.

Por Antonio Rodríguez

Queda claro a estas alturas que los que gritan son pocos, pero ruidosos, aunque muchos, pensando que aquellos gritos eran de todos, se unieron al coro.

Ayer se cumplieron 18 meses de este Gobierno Federal y el índice de aceptación anda menor al 50%. Aún así escuchamos muchos gritos, cada vez menos, de quienes defienden sus acciones o «des acciones», sin embargo, muchos aún tienen miedo de hablar, sienten que serían tratados como Aristegui, quien ayer tuvo que pagar el precio por haber mencionado errores más que evidentes del Gobierno.

Tenemos que darnos cuenta que ya somos mayoría y que antes que lo poco que queda de la República se nos vaya, necesitamos dejar de estar aislados, de otra manera nos estamos convirtiendo rápidamente en prototipos de personas con los que los monstruos totalitarios solo podrían babear en sueños.

Hasta ahora todos los dictadores han tenido que esforzarse mucho para reprimir la verdad. Nosotros, con nuestras acciones, estamos diciendo que eso ya no es necesario, que hemos adquirido un mecanismo espiritual que puede despojar la verdad de cualquier significado.

De manera esencial, nosotros, como personas libres, hemos decidido libremente que queremos vivir en un mundo de posverdad, de «verdades falsas» y mentiras piadosas.

La foto de Nick Ut de la niña vietnamita desnuda con la carne quemada y huyendo de un ataque con napalm se hizo en un mundo en blanco y negro en el que lo bueno y lo malo, lo feo y lo hermoso, aún no se habían desdibujado, y mucho menos se habían visto reemplazados por sus opuestos. De ahí que el presidente Nixon intentara impedir la publicación de la foto por temor a la reacción de la opinión pública.

Hoy, veinticuatro horas del día y los siete días de la semana, sabedores de que las imágenes de niños moribundos ya no generarán ni tal vergüenza ni tal indignación, lo gobernantes no hacen nada.

Así se inició un enorme cambio en las placas tectónicas de la percepción humana del mal. Se abrió una grieta en el continente de la verdad, dividiéndola en islas separadas de realidad.

Como humanidad, ya no compartíamos todos la misma y única verdad, lo que significa que las tragedias de otras personas no generan necesariamente una respuesta emocional dentro de nuestra isla de realidad personal. Nuestra percepción del mal empezó a evolucionar de tal modo que ya no hacía falta la tradicional «deshumanización del enemigo»: el sufrimiento del otro es sencillamente irrelevante.

Puede que fuera porque fuimos la última generación educada en la convicción de que la vergüenza y la compasión son cosas que deben valorarse en lugar de considerarse meras pruebas de una embarazosa ingenuidad que dificulta la visión de lo real.

Aún tengo frescas en la memoria las palabras de Primo Levi, el escritor italiano que sobrevivió a Auschwitz: «No fue posible para nosotros ni quisimos convertirnos en islas; los justos de entre nosotros, ni más ni menos numerosos que en cualquier otro grupo humano, sentían remordimiento, vergüenza y dolor por las fechorías que habían cometido otros y no ellos, y de las que se sentían partícipes, por la sensación de que lo que había sucedido a su alrededor y en su presencia, y en ellos, era irrevocable.»

Al fin y al cabo, puede que la nuestra fuera también la última generación reprendida por no sentir vergüenza al hacer la vista gorda ante el sufrimiento.

Es lógico, pues, que la pregunta cuando vemos que la violencia, el economía, la salud, la educación, ayer la energía, meten al país en lugares que no creían muchos que fueran peores, sea «¿Cómo pueden ser tan crueles?» y esta se convierta en «¿De dónde sale toda esa gente tan cruel?» en la medida en que sus voces se multiplican o parecen más fuertes cuando ya queda claro que sólo son gritones en lo que les convenía y mudos, ciegos y sordos cuando no es así.

Es entonces cuando el desconcierto se convierte en terror, en la sensación de estar rodeado de ejércitos de despiadados. En esta era de posverdad, cuando la compasión y la vergüenza ya no están protegidas por una identidad política que permita a la gente actuar conjuntamente rigiéndose por ellas, si tus valores morales no están políticamente organizados, puedes acabar sintiéndote completamente solo.

No lo estás, sólo estás aislado. Haz que la indignación ante la injusticia vuelva a ser tema de todas las generaciones que hoy coincidimos.



 

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